Selecciones …

16. noviembre 2025 | 

historias de verdad

De niña, yo crecí viendo a mis padres y a mis abuelos hacer algo que hoy parece raro: leer.
Sí, había fiestas, chistes, ruido y de todo… pero también había libros por todas partes.

Mi mamá devoraba a Corín Tellado. Mi abuela, la Biblia.
Mi papá —abogado— leía leyes y el periódico cada mañana.
Mi abuelo lo mismo. Además de devorar el periódico se burlaba a carcajada limpia de los políticos y de los artículos de opinión, ya sabes el sentido común es el menos común de todos los sentidos y en estas secciones no es que abunde mucho.

En mi casa sobraba una cosa: papel con letras. Y entre todo eso, la reina era Selecciones por miles.

En cuarto año de bachillerato, ya peleando con la química, la física y los benditos moles, llegó mi maestra favorita con un artículo bajo el brazo.
La catástrofe de Tacoa.
Un desastre industrial del 82. Yo, por entonces, tenía tres años.

Y ahí entendí por qué era la mejor.

Porque no se limitaba a dictar fórmulas.
No.
Ella agarró una tragedia real y la convirtió en una clase que te despertaba.
Porque Tacoa es química pura: una BLEVE. Un tanque, presión, vapor, temperatura… y boom.
Todo lo que venía en el libro, pero vivo. Real. Brutal.

Nos enseñó cambios de fase, combustión, presión de vapor, metales, hidrocarburos… sin que doliera.
Con una historia que te dejaba pensando.

Y ahí lo vi claro: esa mujer no solo sabía enseñar.
Tenía clase. Elegancia. Ética.
Y, sobre todo, ganas de que entendiéramos de verdad, no de repetir como loros.

Eso lo hace alguien que ama lo que hace.
Y eso no se olvida.

Artículos similares